"Ya no quedan dragones en la tierra", se decía una y otra vez. "Pero yo los he visto, he sentido su aliento y he mirado sus ojos vacíos", se respondía otras tantas. Su espada se movía con rapidez de un lado a otro, cortando el aire y haciéndolo estremecer a su paso en un suspiro agudo. El sol rojizo de la tarde ponía en su filo destellos brillantes que punzaban el ánimo aquí y allá. Pronto el sol se hundiría tras el castillo en los montes lejanos, la noche caería y las sombras se extenderían por la tierra. Y entonces él habría terminado su entrenamiento y podría salir a cazar al Dragón Negro. Saldría oculto entre las sombras de su árbol amigo, la primera estrella brillaría en el filo de su espada, encontraría a su enemigo, le cortaría la cabeza y... ¡su dama! acaso para entonces fuera ya tarde y yaciera sin vida en un sepulcro de cristal, muerta a manos de aquella fiera, malvada y cruel como sólo un dragón podía serlo. Pensará entonces el cazador: "he de darme prisa, tengo que llegar a tiempo". Así olvidará el sigilo que a todo buen cazador de dragones debe acompañar y las primeras hojas del otoño crepitarán bajo sus botas que ya corren locas...
FIN
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